No es natural pasar tiempo a solas con mi hijo

La mañana berlinesa amaneció con un sorprendente sol, pero con una nueva disputa con la madre de mi hijo. A mi pequeño recién nacido lo nombrare a lo largo de este blog bajo el nombre Luchín, en honor a la canción y sus versos del cantautor chileno Víctor Jara.

Bueno como les decía la mañana otoñal del 21 de septiembre del 2019 nos recibió con un hermoso paisaje, pero con otra pelea. La noche anterior ya nos había invadido la furia con mensajes hirientes de un lado contra el otro. Ambos sabemos que no es lo mejor para nuestro pequeño y por eso estamos buscando una solución a todo este martirio: separarnos.

Continuemos con esa mañana de domingo... Asumo la falta de no despertarme antes que Luchín y su madre, así como también el enorme trabajo que hace ella durante toda la noche con él, pese a que debo nombrar que la noche anterior cuando fui a acostarme a la pieza ella no me lo permitió, por lo que dormí nuevamente en el sofá, tal cual ha sido la rutina en las últimas semanas.

Al estar de pié, me quedo con Luchín mientras su madre se ducha. Una vez salida ella de la bañera comienzo a hacer el desayuno para los dos, como cada mañana. Y me entero en voz de ella, mientras le habla a Luchín, que saldrán en quince minutos. Ante mi asombro, que ya es de día a día porque no me cuenta nada, le preguntó que adónde van, ante lo que ella me responde que al mercado. Entre dime y diretes quedamos en que los acompañaré para estar presente junto a Luchín y apoyarnos entre los dos.

Una vez en el paradero, el sentimiento de rencor y hastío distancian nuestros cuerpos, y con ello inevitablemente a Luchín de mi. Yo me quedo abajo del sol mientras ella y Luchín esperan bajo el paradero. Como les decía la mañana era una belleza en si misma, por lo que me quedé absorto contemplando el movimiento de las campanas de la iglesia en Mariannenplatz: una imagen hermosa que me recuerda a una vieja amiga británica, quien fuera una gran bailarina hace muchos años atrás, que me inculcó tomarme el tiempo ante cada escena que te otorgan los paisajes.

En fin, después de quedarme apreciando esa imagen vuelvo en sí, y cuando miro a mi alrededor no veo bajo el paradero a los dos. Y pienso para mi mismo que tal vez soy uno de los locos más que hay en Berlín, y que Luchín y su madre no existen, y que la vida que tengo no existe. En ese fugaz segundo de delirio giro mi cabeza y veo a los dos a lo lejos como un fata morgana.

Me voy dirigiendo a ellos y la rabia se apodera de mí porque nuevamente me quedo atrás porque no me dice que se dirige al paradero correcto, porque al que fue era el equivocado. Cuando estoy alcanzándolos y ellos ya esperan bajo el nuevo paradero... el bus pasa, se suben y quedo abajo. Es tanta la rabia que se apodera de mí que le lanzo un dedo del medio, sabiendo que esa actitud no lleva a ningún lado y que es pura inmadurez emocional de mi parte. El camino para ser un zen es largo, pero hay que lograrlo, intento auto convencerme.

Finalmente me voy a casa y ventilo toda esa energía con el humo de un palo santo, y ordeno toda la casa. Cuando vuelven aprovecho de estar con Luchín y abrazarlo ya mas liberado por haber sacado la mala vibra que me generó la mañana con su madre. Lo cambio de pañales y después su madre salta un grito al aire de que tiene hambre y me hace un guiño de que cómo es posible que no tenga algo cocinado. Pero la verdad es que mi plan era hacerlo, pero minutos antes me había escrito un mensaje de que la invitaban a una barbacoa, ante lo que le pregunte si acaso irá o no, pero no me respondió como suele hacerlo ahora último. Así que congele la acción de cocinar por no haber recibido una respuesta si acaso llegaban a casa o iban a la barbacoa.

Le digo que quiero estar la tarde con Luchín y que ella puede aprovechar de descansar, pero me dice que no es posible porque ya ha estado ella afuera con él y que tal vez irá a la barbacoa, por lo que serían muchas salidas para Luchín. Le insisto en que quiero salir con mi hijo y le enfatizo de que me gustaría hacerlo entre padre e hijo, aunque sea alguna vez. Pero me responde que "no vaya contra la naturaleza" y que entienda que mi hijo no puede estar alejado de ella, porque así la ley de la naturaleza lo demanda. Pragmáticamente entiendo su postulado porque nuestro hijo rehúsa tomar el biberón, pero pasar un rato en la plaza que queda a minutos de la casa... creo que sí podría permitirme ese espacio con mi hijo.

Al fin de cuentas para ella ya no sólo soy un victimario, sino que no comprendo que la ley de la naturaleza fuerza a Luchín a estar siempre al lado suyo, pero sin poder estar un tiempo a solas conmigo. Pero esa misma fuerza de la naturaleza es controlada por ella, y yo no tengo nada qué decir.

Atentos que esta historia seguirá siendo relatada a modo de diario de vida. La próxima publicación será del día en que me he quedado fuera de casa sin llaves por horas.

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